Templo de Jesús Nazareno; fachada de la primera Catedral

República de El Salvador 119.
Templo de Jesús Nazareno, portada lateral: ésta fue la fachada
de la primera Catedral de la Ciudad de México, traída aquí
piedra por piedra en 1691.

De la primera Catedral que hubo en México sólo sabemos por descripciones, hallazgos arqueológicos e imágenes pintadas en biombos y cuadros. Durante siglos se dijo que aquel edificio se había perdido para siempre: si acaso se habían salvado de la demolición unas cuantas obras de arte religioso. La ciudad nos reservaba, sin embargo, una sorpresa.

En 1532 inició la construcción de una precaria catedral, bajo las órdenes de fray Juan de Zumárraga. Debido a «su ruin mezcla», fue necesario remozar el edificio medio siglo más tarde. La obra fue proyectada por el genial arquitecto Claudio de Arciniega y ejecutada por Martín Casillas y Hernán García de Villaverde.

La portada de la primitiva Catedral, llamada Portada del Perdón, porque daba acceso al retablo del mismo nombre, estaba orientada hacia el poniente, donde se hallaban las casas de los descendientes de Cortés (el actual Monte de Piedad), y no hacia al sur, como la actual. Su retablo mayor (que hoy se halla en la «nueva» Catedral) era obra de Simón Pereyns y Andrés de Concha.

La construcción no fue del agrado de nadie. Se le consideraba demasiado pobre, demasiado baja, demasiado fría. En 1625 se procedió a su demolición. Pero la portada proyectada por Arciniega no fue derribada: la adquirieron las monjas del templo de Santa Teresa la Antigua, a donde fue llevada piedra por piedra, y cuyo acceso adornó hasta 1691, en que una nueva compra-venta obligó a desmontarla y trasladarla a su destino final: el templo de Jesús Nazareno, en donde ha permanecido por más de trescientos años.

Caminante: esta portada procede del lugar donde rezaron los primeros habitantes de la Muy Noble y Muy Leal Ciudad de México. Si uno mira la cantera con cuidado, notará que es posible observar los cortes practicados en 1691 por el maestro de arquitectura Juan Durán. Y que es posible sentir, entonces, un escalofrío.


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