Teatro Principal

Bolívar número 30, casi esquina con 16 de Septiembre.
Aquí estuvo el Teatro Principal, el más antiguo de México, que un incendio redujo a escombros en 1931.

El fuego comenzó a las 12:35 de la noche. Era el domingo 1 de marzo de 1931. El actor Joaquín Pardavé actuaba en el cuadro final de la pieza El fracaso del sábado. Una voz gritó: «¡Fuego!, ¡fuego!». Según el cronista Manuel Mañón, una colilla de cigarro había encendido el telón. Hubo «murmullo de voces, gritos de desesperación y atropellado correr de gente». Muchos se quedaron, sin embargo, en sus asientos, porque pensaron que aquel fuego era parte del espectáculo. De pronto, las llamas se comunicaron al escenario y la locura se desencadenó: actores y público intentaron ganar las puertas.

Pardavé, el último que pisó el escenario del Teatro Principal, procuró contener al público. No lo consiguió. El teatro se había convertido en «una candente hoguera». Muchos alcanzaron las salidas cuando el fuego las devoraba. En el momento en que los bomberos llegaron, ya no había nada qué hacer. Entre los escombros aparecieron los cadáveres de la segunda tiple, María Guadalupe Rosales, así como de utileros y tramoyistas. El Principal era sólo pedacería de hierro, viguetas retorcidas y maderas humeantes.

Aquel domingo se había extinguido el teatro más longevo de México. La tarde de su inauguración, en diciembre de 1753, se presentó ahí la comedia Mejor está que estaba, a la que asistió en carroza dorada el virrey de la Nueva España, primer conde de Revillagigedo.

El Principal fue conocido como la «catedral de la tanda». Todo desapareció en un instante. Hoy sólo lo recuerdan algunas fotos, algunos libros, amarillentos programas de mano.


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