Salón Bach

Calle de San Francisco, hoy Francisco I. Madero, Café Berrico.
En este lugar estuvo el Salón Bach, sitio de reunión de escritores y artistas porfirianos como José Juan Tablada, Amado Nervo, Julio Ruelas, Jesús Contreras.

Una versión propone que en el año de 1901, a una cuadra del Zócalo, Karl Bach puso el Salón Bach. Una puerta central con un techo art nouveau y dos entradas laterales se abrían para recibir a bebedores y noctámbulos. Por esa puerta entraron Bernardo Couto, José Juan Tablada, Alberto Leduc, Jesús Valenzuela, Jesús Urueta, Ciro B. Ceballos, Julio Ruelas, Amado Nervo, Luis G. Urbina, Rubén M. Campos. Otra versión afirma que en la esquina de Bolívar e Isabel la Católica, en los bajos y sótano del edificio de esa esquina, estuvo el Salón Bach.

Los aires desesperantes que antecedieron al vendaval de la Revolución, una ciudad pequeña empeñada en la modernidad francesa y una moral sancionada por la religión del viejo régimen convirtieron a los escritores mexicanos que vieron cambiar el siglo en flores nocturnas de temperamentos exuberantes. La misión artística estaba en el escándalo de la palabra y la voluntad radical de los parnasianos, en el delirio poético de los simbolistas. La casa fundadora de esa modernidad artística estuvo en Le peintre de la vie moderne, escrito por Baudelaire y publicado por Le Figaro en 1863, un texto dedicado a Constantin Guys: «La modernidad es lo transitorio, lo fugitivo, lo contingente, la mitad del arte cuya otra mitad es lo eterno, lo inamovible».

Lo fugitivo y lo transitorio eran la noche y el modernismo; los devotos de la noche que cultivaban un aire oscuro, peligroso, destinado a la fatalidad. Lo eterno, la figura inamovible de Porfirio Díaz. Cuando el periodismo industrial expulsó a los escritores de las páginas de los diarios, algunos de estos porfirianos en duelo se reunieron alrededor de una aventura tan incierta como los sueños: Revista Moderna (1898-1903).


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