Prólogo

En 1928, bajo el amparo de José Vasconcelos, Luis González Obregón, Artemio de Valle-Arizpe y algunos otros cronistas mandaron colocar en algunas esquinas del Centro Histórico un puñado de placas de azulejo que recordaban el nombre antiguo de las calles. Aquel grupo dejó también, en determinados sitios, pequeñas placas que recordaban hechos fundamentales de la historia de la Ciudad de México: cuál fue la primera calle que tuvo alumbrado público o en dónde se establecieron, durante el siglo XVI, los primeros prostíbulos que hubo en la metrópoli.

El asesinato de Obregón y la convulsión política que siguió interrumpieron el proyecto, el primero que pretendió devolver su memoria a una ciudad que entonces cumplía cuatrocientos años de existencia.

En el tiempo que siguió se echaron a andar diversas políticas culturales relacionadas con el rescate de la memoria urbana. Ninguna de ellas se mantuvo, ninguna de ellas perduró. Las placas de azulejo, sin embargo, siguieron haciendo memoria, alumbrando el pasado de la ciudad, y nueve décadas después continúan en el mismo sitio donde los viejos cronistas las dejaron.

Nuestro deseo, entonces, es continuar con el proceso de regeneración de la memoria urbana que quedó interrumpido hace un siglo: convertir la ciudad en una especie de museo vivo.

Para ello se han elegido 200 lugares en los que se colocarán placas que revelen al caminante la riqueza histórica de las calles y los edificios que lo rodean y, de este modo, devolverle el significado a ese bosque que la incuria del tiempo torna indescifrable.

El presente vademécum es la guía del que camina por estos rumbos, de tal forma que en la identificación de estos lugares-monumento (o lugares de memoria como le llaman los franceses), en sus pasos resuene la música de los siglos que es la música de nuestra historia.