Mascarón felino

Madero número 37.
Mascarón felino. Durante casi cuatro siglos, este mascarón ha recordado el nivel alcanzado por las aguas durante la fatídica inundación de 1629.

Pasamos a su lado sin entenderlo, gran parte de las veces sin siquiera mirarlo. Es el único recuerdo que queda en la ciudad del cataclismo pluvial de 1629, de la inundación que provocó la muerte de treinta mil personas y dejó a la capital sumergida en el agua durante casi cinco años.

«Echamos a andar por Madero para ver el Palacio de Iturbide, el de los Azulejos, el mascarón que indica en Motolinia (antes Espíritu Santo) el dudoso nivel a que llegó el agua durante la inundación del “aguacero” de San Mateo en septiembre de 1629», escribió Salvador Novo en su Nueva grandeza mexicana.

En 1946, al extraordinario Novo el nivel alcanzado por las aguas  —casi dos metros— pudo parecerle «dudoso», porque de la inundación había sólo un conjunto de datos dispersos en crónicas ilocalizables. Hoy, gracias a estudios como el realizado en 1975 por Richard Everett, sabemos que la inundación «llegó a tener dos varas por donde menos» y que los estragos fueron terribles: «cerráronse los templos, suspendieron sus trabajos los tribunales, arruinose el comercio, comenzaron a desplomarse y a caer multitud de casas».

Todo comenzó con unos copiosos aguaceros que arrancaron el día de San Mateo (21 de septiembre) y que tres días más tarde ocasionaron que el agua de los cinco lagos que rodeaban a México entrara en la ciudad. Los jacales de los indios fueron arrasados. La crecida envolvió también la ciudad «española». La zona en la que hoy son visibles las ruinas del Templo Mayor fue la única a salvo del agua (la gente la bautizó como «la Isla de los Perros», por la gran cantidad de estos animales que fueron a refugiarse ahí). Sólo se oían en la ciudad lloros, sollozos y lamentos.

Veinte mil familias abandonaron la capital. El agua no bajó hasta 1634. México fue, en esos años, una ruina poblada de fantasmas.


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