Iglesia de la Santísima Trinidad

Santísima número 12, esquina con Emiliano Zapata.
Aquí se erigió la Santísima Trinidad, una de las iglesias
más bellas de México, adonde acuden los sastres
a pedir milagros y depositar exvotos.
La obra se le atribuye a Ildefonso Iniesta Bejarano.

La Ciudad de México se ha inundado tantas veces y de forma tan dramática que una parte del suelo y del subsuelo de la capital sigue atesorando sus hundimientos. La Santísima Trinidad es uno de los templos más bellos de la ciudad. Los críticos han reconocido en el estilo de este edificio el barroco y el churrigueresco. A mediados del siglo XVI, el gremio de los sastres buscó un lugar donde poner sus plegarias, sus esperanzas y sus sueños. A partir de 1568 se estableció en este lugar un beaterio en el cual se observaban las Reglas de Santa Clara. Ahí mismo se establece la prestigiosa congregación de San Pedro y el Hospital del mismo nombre así como la archicofradía de la Santísima Trinidad.

El agua tiene memoria y recordó que en el lugar donde se levantó la iglesia de la Santísima un día hubo un lago. Los desniveles de ese lugar, que le dan un toque de bella terraza antigua, provienen de los hundimientos de hasta tres metros que sufrió el templo. En los años ochenta se realizaron los trabajos de recuperación, de los que emergió el templo tal como puede observarse en nuestros días.

En los años de la construcción de la Santísima, la Ciudad de México era muy distinta a la prehispánica. El cronista franciscano Juan de Torquemada describió las calles de la ciudad anchas y hermosas, las casas de cal y canto y con muchas ventanas, las rejas de hierro y sus diversos edificios tan lindos y parejos que hacían de la Ciudad de México una ciudad bella. En ese entonces, la bella fachada de la Santísima estrenaba sus luces barrocas.


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