Esquina donde estuvo el primer estanco de tabaco

Isabel la Católica y Venustiano Carranza.
En esta esquina estuvo el primer estanco de tabaco
que hubo en la ciudad.

En el siglo XVIII, esta céntrica vía de la ciudad se llamó calle del Ángel. Una leyenda afirma que el nombre vino porque en uno de los caserones de la calle habitó una joven que lo parecía. Lo más probable, sin embargo, es que la calle haya recibido ese nombre por la figura tallada en piedra que decoró algún caserón.

Los cronistas no se ponen de acuerdo.

De lo que no queda absolutamente ninguna duda es de que en esta calle estuvo el primer estanco de tabaco que hubo en la Nueva España.

El estanco era la prohibición de vender libremente algún producto. Para salir adelante de la quiebra en que la hundió la Guerra de Siete Años, la Corona española decretó en 1763 el embargo de uno de los productos más apetecidos por los habitantes de la Nueva España: el tabaco. Sólo la Real Hacienda podía producirlo y venderlo.

En la Ciudad de México no existe en vano una colonia Tabacalera. No hubo en vano, durante varios siglos, un callejón llamado Tabaqueros. Por la misma causa, una calle de La Lagunilla se llamó Los Parados —así esperaban cada mañana cientos de trabajadores la hora en que se abrieran las puertas de la Real Fábrica de Puros y Cigarros—: fumar era una de las grandes pasiones de este reino. Sólo la superaba, acaso, el juego.

Un retrato de la vida cotidiana describe a los caballeros novohispanos sacando del bolsillo, con cualquier pretexto, «sus instrumentos de fumar». Fumar, cuentan las crónicas, volvía la atmósfera de los salones y los teatros irrespirable, y hacía que los fieles abandonaran la misa para ir a dar una fumadita al atrio.

Sólo en 1798, el monopolio de la venta de tabaco reportó al virreinato una utilidad de ocho millones de pesos: el estanquillo de la calle del Ángel debió de ser uno de los sitios más concurridos de la bella e irrecuperable ciudad barroca.


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