Ermita de los Mártires

Puente de Alvarado y Reforma.
Aquí levantó Juan Garrido la Ermita de los Mártires, en memoria de los conquistadores muertos en la Noche Triste (c. 1522).

Los soldados españoles y sus aliados tlaxcaltecas, que el 30 de junio de 1520 huían por la calzada México-Tacuba durante la Noche Triste, lograron salvar con puentes portátiles los cuatro primeros canales que cruzaban la calzada y cuyo paso había sido cegado por los mexicas. Al llegar al quinto corte, donde hoy está la iglesia de San Hipólito (Puente de Alvarado y Reforma), los hombres de Cortés se vieron totalmente rodeados: una lluvia de flechas les llegaba por tierra y por agua. En esa cortadura perdieron los conquistadores a la mitad de sus hombres. En ella nació la leyenda del salto de Alvarado, que dice que el rubio capitán de Cortés logró pasar el puente usando como garrocha su propia lanza.

De aquel «triste puente», como lo llamaba Bernal Díaz del Castillo, logró salir con vida un conquistador que ha habitado mucho tiempo los desvanes del olvido: el negro Juan Garrido.

Nacido en el continente africano, Garrido se embarcó hacia el Nuevo Mundo en 1502 y participó en expediciones de descubrimiento y conquista durante más de quince años. En 1519 bajó en Veracruz de uno de los barcos de Cortés y fue uno de los hombres que según Bernal «valían su peso en oro».

¿Qué llevó a Garrido a construir una ermita en el «triste puente» donde había visto caer a cientos de sus compañeros? Hay quien dice que el conquistador prometió hacerla si los santos lo dejaban salir con vida del infierno que era México-Tacuba.

En todo caso, luego de la destrucción de Tenochtitlán, Garrido obtuvo permiso para levantar una ermita que recordara «las ánimas de los que allí habían muerto». Se dedicó a San Hipólito y San Casiano, cuenta Bernal, «por celebrar su fiesta el 13 de agosto y ser la fecha de la rendición de esta capital».

En 1602 se decidió ampliar la ermita: 138 años más tarde quedaría terminada la actual iglesia de San Hipólito.


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