Dulcería de Celaya

5 de Mayo número 39.
Dulcería de Celaya. La marquesina de esta tienda fundada en 1874 es la más antigua que existe en la ciudad.

Su umbral ha sido definido como un pasaje a otros tiempos. Es la célebre Dulcería de Celaya: un ambiente con aires que recuerdan otro siglo y en cuyos aparadores, escribe Salvador Novo, «existe un México más propio que el que quieren imponernos las fuentes de sodas».

Picones, duquesas, suspiros, besos, novias, glorias y trompadas: las delicias que surgieron en los cazos de cobre virreinales, atravesaron los muros de los conventos para instalarse en un rincón de la calle 5 de Mayo.

Corre el año de 1874 y la familia Guízar abre esta dulcería en la calle más rutilante de la ciudad: Plateros —de la que el poeta López Velarde dirá que «fue primero una calle, luego una rue y hoy es una Street»—. La idea de los Guízar consiste en ofrecer a la clientela capitalina dulces típicos de diversas partes de la república. Dos décadas más tarde, al llegar el cambio de siglo, la dulcería se ha convertido en un clásico de la ciudad.

En 1900 se decide echar abajo el Teatro Nacional para prolongar 5 de Mayo de la Catedral a la Alameda. Esto ocasiona el surgimiento de un nuevo boulevard. La ciudad hará rodar en él todas sus tentaciones: cines, bares, cafés, tiendas, armerías y librerías.

Ese año, la Dulcería de Celaya decide perseguir los prestigios de la nueva avenida y se muda a 5 de Mayo, bajo una marquesina que hoy es considerada la más antigua de la capital. La tienda es decorada en estilo nouveau. Sus marcos de madera tallada, sus aparadores de encino, sus pisos de azulejo son el complemento perfecto de las noventa variedades de dulces que ahí se expenden.


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