Convento donde vivió isabel de Tobar

Allende número 38.
En este convento vivió Isabel de Tobar, por quien Bernardo de Balbuena escribió en 1604 el primer poema dedicado a la Ciudad de México, Grandeza mexicana.

En 1602, Bernardo de Balbuena era un cura harto de vivir en un pueblo perdido de la geografía novohispana. Acababa de cumplir cuarenta años y llevaba varios de ellos encerrado en San Pedro Lagunillas, un rincón de Nueva Galicia (en la actualidad Jalisco y Nayarit).

Balbuena, nacido en Baldepeñas, había llegado a la capital novohispana a los 21 años. Le gustaban la poesía y los libros, fue premiado en varios certámenes poéticos, estudió teología y poco después se ordenó sacerdote.

En 1602, decidió buscar «una dignidad o una canonjía en las iglesias de México o Tlaxcala», así que empacó y abandonó el curato.

Fue a despedirse, muchas leguas al norte, de una viuda que vivía en San Miguel de Culiacán y que estaba a punto de encerrarse por el resto de sus días en un convento de la Ciudad de México. La viuda se llamaba Isabel de Tobar. Hace mucho que los investigadores se preguntan las razones de aquel viaje. La respuesta se ha perdido para siempre.

Cuando Balbuena le anunció su viaje a México, doña Isabel le hizo un encargo: «que le escribiese, diciéndole cómo era y qué había en la mayor ciudad de la Nueva España».

La encomienda, en tercetos endecasílabos, fue el primer poema dedicado a la Ciudad de México: Grandeza mexicana, cuya dedicatoria a Isabel Tobar, acompañada por el verso: «Mándasme que te escriba algún indicio / de que he llegado a esta ciudad famosa / centro de perfección, del mundo el quicio», marca también la entrada de la mujer en la poesía hispanoamericana.

El libro se publicó en 1604, en la imprenta de Melchor Ocharte. Balbuena llegó a ser obispo de Puerto Rico, no volvió jamás a la Nueva España. Doña Isabel profesó en el convento recién fundado de San Lorenzo. Ahí deben estar sus restos.


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