Colegio de las Inditas

Rodríguez Puebla y San Antonio Tomatlán,
Colegio de las Inditas. En este sitio funcionó a mediados
del siglo XVIII un colegio dedicado a la educación
de niñas indígenas pobres.

En 1753, el jesuita Antonio Herdoñana fundó a las afueras de la ciudad de México —no podía ser de otro modo— el Colegio de Guadalupe o de las Inditas: una institución destinada, según cuenta el cronista Marroqui, «a la enseñanza y educación de niñas de la clase indígena», en donde éstas «pudieran instruirse en la religión católica y aprender labores propias de su sexo, con que ganasen más tarde su subsistencia».

El colegio fue abierto a la orilla de la actual plazuela de Loreto, que durante mucho tiempo sirvió como muladar de la ciudad, y a unos pasos de la casona en donde luego quedaría instalado el Colegio de San Gregorio, cuyo objeto era enseñar las primeras letras a los hijos de los indios principales. Era el rumbo, pues, de los olvidados.

Herdoñana había aprovechado la herencia de su madre para abrir el Colegio de las Inditas. Sólo le alcanzó para construir un oratorio, un dormitorio amplio y una gran sala de labor, además de la cocina, la despensa y el refectorio.

La dirección del colegio quedó a cargo de «una respetable matrona, también india». Un capellán vigilaba a las colegialas y las asistía. Por Marroqui sabemos que el plan de estudios consistía en enseñar a leer, escribir y contar; hacer labores de aguja, así como cocinar viandas, dulces, bizcochos, pasteles «y demás relativo al ramo de repostería».

Las condiciones del colegio eran precarias. Así que los guisos de las colegialas eran vendidos a hombres solos —eclesiásticos, viudos, forasteros—. En 1762, el rey Carlos III entregó a la institución una pensión de quinientos reales anuales. Se afirma que del colegio salieron «buenas cocineras y excelentes amas de gobierno».

En 1811, el colegio se convirtió en convento. Lo movedizo del terreno provocó, sin embargo, su hundimiento. Las monjas fueron desalojadas y llevadas a San Juan de Dios.

A partir de entonces, el destino del edificio se pierde en el tiempo.


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