Cinelandia

Eje Central número 6, Edificio Rule.
En este edificio se inauguró en 1935 una sala dedicada a la proyección de dibujos animados: Cinelandia.

«La primera vez que en México fui al cine era un niño de siete años recién llegado a la ciudad capital del país. Fue cuando me llevaron a la sala Cinelandia, que estaba en el número 6 de la Avenida San Juan de Letrán, por entonces calle citadina verdaderamente principal, la más transitada tanto a pie como a rueda, la más popular y la más viva», recuerda el escritor José de la Colina.

Cinelandia era la propuesta cinematográfica más moderna en una avenida repleta de cines: el Teresa, el Avenida, el Savoy y el Novelty. La gente bautizó esa propuesta como «cinito de cortos». Ahí sólo se exhibían películas de uno o dos rollos: noticiarios, documentales, filmes de episodios y, sobre todo, de dibujos animados.

Aquella sala ubicada en los bajos del edificio Rule, escribe De la Colina, era un paraíso «para el niño que llevaba una fantasmal aunque intensa amistad con el Gato Félix, con el Pato Donald, con los perros Tribilín y Pluto, con la Pequeña Lulú, con el Gordo y el Flaco, con (¡ni modo!) los Tres Chiflados, con Superman (dibujado o filmado en “carne y  hueso y un pedazo de pescuezo”), con los héroes de las series Dick Tracy o el Reino Submarino o Joba la Ciudad Perdida o alguna de Tarzán “personificado” por Herman Brix, anterior a Johnny Weismuller) y alguna vieja cinta de Chaplin».

Los cortometrajes de la compañía Disney eran producidos desde 1922. En los años en que Cinelandia se inauguró estaban de moda el conejo Oswald, precursor de Mickey Mouse, y las llamadas Sinfonías tontas, que utilizaban efectos musicales.

En las cartas que dirigió a Elena Garro, el poeta Octavio Paz revela que una de las aficiones de la pareja era ir a reír a mandíbula batiente a Cinelandia. De la Colina recuerda, sin embargo, lo aburridos que eran los documentales y los noticiarios, a los que sólo animaban levemente las noticias de la Segunda Guerra.


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