Casa donde nació el escritor Joaquín García Icazbalceta

Venustiano Carranza número 35.
En esta casa nació, en 1825, Joaquín García Icazbalceta, escritor
que dedicó su vida al rescate del pasado bibliográfico virreinal.

A mediados del siglo XIX hubo un club extraño del que formaron parte varios bibliómanos. Los miembros de esa sociedad se reunían todas las tardes en una librería ubicada en el portal de Agustinos. Visitaban a las viudas cuando las flores aún estaban frescas en el panteón, para husmear en las bibliotecas de los difuntos. Sacudían las telarañas en los anaqueles de los conventos, en busca de impresos desconocidos. Copiaban documentos a punto de desintegrarse. Se volvían locos al ubicar, en repositorios europeos, ediciones de libros que en México se hallaban incompletos o truncos. Vivían entre viejos papeles escritos en latín o en castellano antiguo, que traducían o transcribían hasta altas horas de la noche.

Los miembros más activos del grupo eran José Fernando Ramírez, José María Andrade y Joaquín García Icazbalceta. Habían renunciado a la obra personal para traer al presente obras del pasado.

En 1825, la familia Icazbalceta fue expulsada del país por el decreto que Guadalupe Victoria lanzó contra los españoles. La familia no pudo regresar a México sino hasta 1836. La amistad que su padre tenía con Lucas Alamán acercó al joven Joaquín a los libros, a la historia, al amor por las antigüedades mexicanas.

Icazbalceta dedicó cuarenta años a buscar libros y manuscritos originales. Armó un catálogo de libros impresos en México entre 1539 y 1600. La bibliografía mexicana pasó entera por sus manos: editó la imprescindible Colección de Documentos para la Historia de México, publicó la primera Carta de relación de Hernán Cortés y la Historia eclesiástica indiana de fray Jerónimo de Mendieta. Tradujo los Diálogos latinos de Francisco Cervantes de Salazar, primera crónica de la ciudad virreinal. Escribió un centenar de biografías y fue uno de los últimos de su generación en partir.

Murió en 1894 en uno de esos palacios virreinales que tanto le atrajeron. Pocos han servido a la historia mexicana con la pasión y generosidad con que él lo hizo.


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