Casa de la Acequia

Isabel la Católica número 97.
Este edificio es conocido como Casa de la Acequia porque
su patio era cruzado por la antigua acequia de Regina.

México-Tenochtitlán ha dejado un eco en los lugares de esta ciudad en los que aún es posible apreciar el rastro de las acequias: las calles de agua que fueron seña de identidad de la urbe azteca.

Las acequias fueron durante siglos una red de canales de transporte a través de los cuales se introducía al corazón de la ciudad el abasto de productos agrícolas. Desde mediados del XVIII, a consecuencia del desecamiento de los lagos, que las convertía en foco de epidemias, las acequias fueron cegadas paulatinamente. Esta labor anunció el arribo de la ciudad de asfalto de nuestros días.

Aquí y allá quedaron, sin embargo, huellas de la ciudad anfibia.

Una de éstas se encuentra en el patio de la llamada Casa de la Acequia, por la que pasaba un ramal de la calle de agua más larga y caudalosa de la ciudad.

Se cree que en los orígenes de la metrópoli colonial hubo junto a la acequia de Regina un torreón de vigilancia desde el que se controlaba el acceso de canoas y trajineras. Al paso del tiempo, a aquel torreón se añadieron construcciones diversas. El resultado fue una casona cuyo patio sigue caprichosamente el trazo de lo que un día fue la acequia.

La casa fue ampliada en el siglo XVIII. Algunas fuentes afirman que perteneció al conde de Guadalupe del Peñasco, cuya fortuna era tan vasta que sólo una hacienda suya llegó a alcanzar 12 655 hectáreas.

El edificio funcionó también como beaterio, y luego siguió el destino de los antiguos palacios del XVIII: convertirse en vecindad.

Ahí nació Daniel Cosío Villegas, fundador del Fondo de Cultura Económica, en 1898. Ahí funcionó durante años el Ateneo Español, fundado por los refugiados españoles que llegaron al país tras el triunfo del franquismo. Espléndidamente conservada, hoy la construcción se destina a conferencias, exposiciones y presentaciones de libros.


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