Casa de Hernando de Ávila y Gerónima de Sandoval

5 de Febrero número 18.
Esta casa, joya del barroco virreinal, perteneció a Hernando
de Ávila y su esposa, Gerónima de Sandoval, 1750.

Hay una casa única en la Ciudad de México. Es una de las joyas del barroco novohispano y del uso de azulejos con fines decorativos. No se trata, sin embargo, de la célebre residencia de los condes del Valle de Orizaba (la Casa de los Azulejos, en nuestra actual calle de Madero), sino de una casona mucho menos conocida.

Su secreto es el siguiente: desde hace 250 años esconde en su interior una exquisita serie de tableros de azulejo que representan a la dueña de la casa con su séquito de sirvientes.

En la Nueva España, el azulejo acompañó todo despliegue arquitectónico. No obstante, en pocos edificios el arte de la cerámica habría de estallar con tal profusión. En los tableros, la servidumbre desfila con sus trajes en tamaño casi natural, ofreciendo un vistazo insólito de la vida doméstica novohispana.

En la primera mitad del siglo XVIII, Hernando de Ávila y su mujer, Gerónima de Sandoval, compraron en la calle de la Monterilla (hoy 5 de Febrero) una residencia en ruinas que había pertenecido a la Archicofradía de la Caridad. La historiadora Leonor Cortina supone que los Ávila eran una pareja de «recién enriquecidos, tal vez hacendados o comerciantes: no hay escudo nobiliario en la fachada».

Lo exquisito de la decoración, la manera delicada en que se talló la cantera, la labor minuciosa de las balconerías y, sobre todo, lo original de los azulejos, sorprendieron tanto a los nobles de su tiempo como a los hombres de los siglos que siguieron.

Determinados azulejos fueron removidos (el edificio fue vecindad en el siglo XX) y hoy se encuentran incompletos. Su belleza, sin embargo, sigue latiendo en un rincón ignorado del siglo XXI.


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