Cárcel de Belén

Arcos de Belén, Centro Escolar Revolución.
Aquí estuvo la temible cárcel de Belén.

22 de enero de 1863. Salen a la calle los reos de la antigua cárcel de la Acordada, en la actual Avenida Juárez, para ser trasladados al excolegio de Belén de las Mochas, su nueva prisión. La Acordada se halla en una zona de inundaciones constantes, sus celdas son verdaderas mazmorras, húmedas y sin ventilación. No tiene remedio: se le considera «más un tormento que una prisión».

La exclaustración de las monjas de Belén a consecuencia de la Reforma es aprovechada por el gobierno juarista para intentar un modelo de prisión más higiénico y digno que contemplara la rehabilitación del reo.

Todo sale mal desde el principio: en el excolegio, con capacidad para seiscientos reos, se hacinan más de mil. Las galeras no cuentan con letrinas. Los presos deben soportar las emanaciones que surgen de un barril en el que yace la materia fecal de cientos de infelices.

«Antro inmundo» y «tormento al olfato» llamará a esta cárcel Isidro Fabela. «Magnífica escuela de delincuentes, gratuita y obligatoria, y sostenida por el gobierno», escribirá Justo Sierra.

Heriberto Frías, llevado ahí por dar a conocer en la prensa la matanza de Tomóchic, relatará que en un petate se amontonan cuatro individuos, con el resultado de golpes, disputas y «cosas muchísimo más peores». En aquella prisión, los reos carecen de trastos: reciben la comida «en sus sucios y asquerosos sombreros». Los brotes de cólera y de tifo son constantes. Belén y sus horrores sirven de venganza política a la dictadura porfirista: los críticos de Díaz reciben ahí un baño de piojos y de horror.

El regente Aarón Sáenz celebra su demolición «piedra por piedra», e inaugura, el 20 de noviembre de 1934, con espléndidos murales de Raúl Anguiano y Fermín Revueltas, el Centro Escolar Revolución, punta de lanza de otro sueño: la educación socialista. Con su carga de futuro a cuestas, el edificio resiste el tiempo… ¿Pero qué diría Foucault?


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