Cantina La Fama Italiana

Madero número 7, esquina con Bolívar.
En este edificio estuvo la cantina La Fama Italiana, favorita de la juventud dorada del porfiriato.

En los años de esplendor del porfiriato, las sucias vinaterías heredadas del virreinato fueron remplazadas por salones «a la manera americana»: lugares limpísimos, con altos mostradores, mesas de mármol, sillas de bejuco y camareros ataviados con albeantes mandiles blancos.

En aquellos salones, el Bach, el Weber, el Wondracek, la Fama Italiana, entre otros, la especialidad eran los cocteles «exquisitos y mareadores» y el free-lunch confeccionado, según recuerda el escritor Ciro B. Ceballos, con jamones, pescados, pavos, fiambres y mostazas.

Ubicada en una esquina privilegiada, Plateros y Vergara (hoy Madero y Bolívar), la cantina La Fama Italiana fue uno de los sitios preferidos de los piratas delBoulevard: los jóvenes lagartijos que aguardaban la hora del paseo tomando la copa en lugares de moda.

Una foto de Guillermo Kahlo, tomada en 1904, muestra el edificio de La Fama Italiana con sus marquesinas, sus toldos y sus ventanales donde aprietan el paso los transeúntes.

En las Memorias que dedicó a aquel tiempo, Ciro B. Ceballos relata que en las mesas de aquel salón era común hallar a la estrella del Circo Orrin, el payaso Ricardo Bell, el clown más famoso del porfiriato «y el más querido por los viejos, jóvenes y niños», acompañado por su compañero de sketches, el enano Pirrimplín (Florentino Carvajal).

Habían pasado los mejores días de ambos: Ceballos los retrata rumbo a la sombra, «en la bancarrota plena» —y a Pirrimplín, de camino a la indigencia en la que terminó sus días.

Otro de los clientes asiduos de La Fama Italiana fue el torero Ponciano Díaz, el primer ídolo taurino de México.

El salón cerró sus puertas hacia 1938, llevándose consigo todos sus fantasmas.


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