Antiguo Arzobispado

Moneda número 4.
Aquí estuvo el antiguo Arzobispado, donde Juan Diego mostró
la tilma con la imagen de la Virgen de Guadalupe, en 1531.

Sobre las ruinas del templo de Tezcatlipoca, a la caída de Tenochtitlán, se levantaron las casas de dos de los primeros pobladores de México, los conquistadores Andrés Núñez y Martín López. Fray Juan de Zumárraga las adquirió en el remoto 1530 para albergar en éstas la residencia de los arzobispos de la ciudad.

La tradición advierte que el indígena Juan Diego acudió a ese sitio con la tilma cargada de rosas en la que quedó estampada la imagen de la Virgen de Guadalupe. Tras los muros del arzobispado habría iniciado, pues, el culto religioso más importante de América.

Allí se abrieron también las cárceles arzobispales, en las que siglos más tarde (1808) fue estrangulado uno de los precursores de la Independencia, Francisco Primo de Verdad.

Como casi toda la ciudad, el arzobispado llegó al siglo XVIII cubierto de fracturas y hundimientos. La reconstrucción corrió a cargo de un arquitecto olvidado, al que se deben, sin embargo, algunas de las construcciones más bellas de México, el Colegio de las Vizcaínas y el convento del Desierto de los Leones entre otros: José Miguel de Rivera.

El Arzobispado fue el primer edificio en el que se colocaron estípites en la fachada. «He aquí que todo se hace de nuevo», reza una inscripción colocada a un lado de la entrada.

Pelagio Antonio de Labastida fue el último arzobispo que habitó en el palacio, antes de que las Leyes de Reforma lo convirtieran en oficina de correos e imprenta del Diario Oficial. Cuartel, fábrica de cigarros, sede de la Secretaría de Gobernación, el edificio funge hoy como museo de Hacienda.


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