Acequia de Mexicaltzingo

Roldán esquina con San Pablo.
Por aquí pasaba la acequia de Mexicaltzingo, el canal navegable
que dotó de productos agrícolas a la Ciudad de México.

El desierto de asfalto que habitamos estuvo surcado alguna vez por siete acequias o canales que serpenteaban a orilla de las casas. La mayor parte de estos acalotes, para usar la palabra indígena, corrían de poniente a oriente; digamos, de la Alameda a la Merced —aprovechando el declive natural del terreno sobre el que se construyó la ciudad—, y desembocaban en el lago de Texcoco.

Dichas acequias eran conocidas como «calles de agua». Hasta el siglo XVIII fueron surcadas diariamente por una multitud de canoas: se conservan relatos vibrantes y llenos de color sobre el tráfico de flores, verduras y hortalizas que se efectuaba en ellas.

Las acequias eran siete: la Real, la de la Merced, la del Carmen, la del Chapitel, la de Tezontlale, la de Santa Ana y la de Mexicaltzingo.

Su proceso de cegamiento inició en el siglo XVIII, cuando la disminución en el nivel de sus aguas las convirtió en almacenes de basura y focos de infección. Los puentes que servían para cruzarlas perdieron su razón de ser y pronto se les demolió —dejaron su memoria, sin embargo, en el nombre de las calles.

El único canal que las autoridades intentaron conservar fue el de Mexicaltzingo. Su importancia era crucial: por él entraban los productos agrícolas que alimentaban a la metrópoli. Para mantenerlo en funcionamiento, el gobierno virreinal hizo construir, en el lago de Chalco, compuertas o exclusas que regularan su caudal.

La acequia de Mexicaltzingo, que venía de La Viga, entraba a la ciudad atravesando los barrios de San Pablo y Santo Tomás. Es la acequia que pasaba bajo el puente de Roldán, inmortalizada en una célebre litografía del talentoso Casimiro Castro —y que al unirse con la Acequia Real, ¡pasaba por un costado del Zócalo!

Único sobreviviente de la ciudad anfibia, el canal fue aterrado en los primeros años del siglo XX. En ese instante se decidió que el panorama ideal de la urbe sería el asfalto.


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